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Noticias
  • Ya no hay mecedoras
    Hubo un tiempo en el que el único alivio de la vejez era una mecedora, de madera de teca y con respaldo y asiento de rejilla o de mimbre. Han desaparecido todas, menuda mierda de ancianidad nos espera. Antes había al menos una en cada casa, generalmente con una abuela de aspecto severo, que a veces se mecía y otras no. A su gusto. O con un anciano que nadie sabía quién era, fumando con el cigarrillo encendido en la comisura y la mirada perdida. Meciéndose, es decir, moviéndose sin ir a ningún sitio. Un día aparece la mecedora vacía, moviéndose sola, y hasta los niños saben que ahí ha sucedido algo. En Centauros del desierto (The Searchers), de John Ford, sale un indio viejo y medio loco llamado Mose, que se pasa la película pidiendo por favor que le dejen una mecedora en el porche. Que ya está bien de aventuras, y con un ligero balanceo vamos servidos. Por supuesto, en las mecedoras también puede haber algo inquietante, y hasta maligno, sobre todo cuando escuchas su crujido rítmico en la noche
  • Tractores y porvenir
    No sé si la vida es un tránsito donde se gestionan prioridades, pero no hay duda de la alarma que genera alguien excesivamente poderoso advirtiendo de una guerra global que pondría en peligro la humanidad. Comer es vital y la revuelta de los agricultores me devuelve a aquellos años –no vividos– cuando el campo era fuente de riqueza o, al menos, de supervivencia. Sin valorar ahora las circunstancias personales de una sociedad precaria y, tal vez, más feliz, era imposible entonces imaginar que en el futuro no dispondríamos de cosechas y materias primas. Si algo había era producción agraria y, por lo tanto, no había peligros para la extinción de la vida humana. Los otros peligros siempre han existido, pero ahora se plantea la pérdida de los recursos básicos indispensables (es incuestionable el lema ‘Si no existimos, no comeréis’). De haberlo intuido distintas hubieran sido las reflexiones realizadas en «El Porvenir Del Hombre» de Pierre Teilhard De Chardin. De la lectura de una edición de
  • Vins de la terra
    Aquesta setmana he tingut el telèfon espanyat, de manera que no m’ha cridat ningú. He aprofitat per escriure quatre bajanades per entretenir el dissabte matí. Cada vi es correspon a un conseller o consellera. A veure si descobriu qui hi ha rere cada vi. Don Simon. Vi que neix de l’ADN dels ceps talaiòtics que es van trobar a la cova des Càrritx, reintroduïts a les tanques dels antics pobladors de la Torre den Galmés sobre terres humils i abandonades. Té un gust antic i ple d’història, només perceptible per boques molt fetes i un tarannà tranquil. Els seus aromes tenen un deix llarg de mig capvespre. Especialment indicat per la darrera etapa de la vida activa. La seva categoria no es mereix un envàs de tetra-brick. La parròquia. Moscatell simple, dolç sense embafar, expressiu i alegre. Ataronjat a la vista, una percepció més acurada ens mostra els diferents tons grocs, que baraten segons les èpoques i les circumstàncies. El seu gust és persistent com les campanes de la parròquia del Ro
  • Mirar a otro lado
    Mirar hacia otro lado es fácil, cómodo y te ahorra muchos marrones. Mirar hacia el otro lado es una especie de acto reflejo que muchísima gente ha incorporado con total normalidad para evitar encontrarse con algo que le desagrada, que le incomoda o que le puede trastocar su, a priori, tranquila existencia. También te lo digo, mirar hacia el otro lado es una actitud cobarde y reprochable. Aunque te entiendo, yo también lo he hecho… Conscientes de que en la vida estamos un ratín y de prestado, al antojo de lo que el destino quiera y de lo que nos ganemos con nuestro esfuerzo, preferimos obviar las cosas negativas para que no nos molesten. Y para ello muchas veces optamos por no mirar eso con lo que nos cruzamos porque, igual que le hacemos creer a los bebés y a los niños pequeños, si no lo vemos, no existe. Pero existe. ¡Vaya si existe! Y duele. ¡Joder si duele! Pasa, por ejemplo, cuando a alguien le diagnostican una enfermedad. Consciente o inconscientemente tendemos a sentir una especie de lástim
  • Calamidad
    Cuando una sociedad moderna progresa, la gran mayoría de sus ciudadanos cuenta con un empleo bien pagado y goza de condiciones laborales que le permiten desarrollar aquella utopía que decía que el tiempo del que disponemos debe repartirse a partes iguales entre el ocio, el trabajo y el descanso y ese ocio estaría idealmente conformado por actividades culturales, deportivas y de naturaleza, más allá del bar, el cubata o el chismorreo. Aquí eso sigue en el terreno utópico. En la España del siglo XXI muchos sueldos no alcanzan para garantizar una calidad de vida mínima, cosa que se complica cuando tienes hijos, padres ancianos o enfermos a tu cargo. Los gastos se disparan, los ingresos apenas crecen. Añadamos unas hipotecas desatadas por los altos tipos de interés y unos precios rampantes por el IPC y tendremos la tormenta perfecta. Hace unos años algunas familias encontraron en el alquiler vacacional un buen complemento a sus ingresos, ese plus que faltaba para redondear las cuentas. Duró poco, porq