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- Preguntas
¿Era necesario, con tu camiseta negra del último disco de mi banda de cabecera, obligarme a escribir sobre esto y no sobre los entresijos mafiosos del deporte que se juega en este mundial? ¿Era necesario, señor de tez blanquecina y bermudas demasiado cortas, empujarme con tu mala conducta a ejercer la justicia social? ¿Era necesario, con el mal día que tuve aquel día, hacerme testigo de una ignominia, cómplice de un vándalo, si es que hubiera decidido callar? ¿Era necesario, hombre de mediana edad a la espera de recoger la colada, meterme en ese compromiso, entre la espada y la pared que fueron aquella tarde el alzar la voz y el no hablar? ¿Era necesario, sentado como estabas en el sillón rojo de la lavandería, sacar el móvil para hacerle fotos a una chica despistada que se dispuso a dejar un paquete en una de las taquillas del lugar? ¿Fue su espalda al descubierto, en plena ola de calor, lo que propició tu salida de tono? ¿Fueron sus ojos rasgados de estética exótica y delicada los que detonar - Entre comillas
Desconocía que Comillas fuera el primer pueblo de España con alumbrado eléctrico. Ha sido la periodista ponferradina Raquel Peláez, quien lo cuenta en su divertido y mordaz ensayo 'Quiero y no puedo. Una historia de los pijos de España'. Parece ser que Antonio López, marqués de tan noble villa marinera, quiso hacerle este regalo a Alfonso XII y a su esposa María Cristina, que bien aprovecharon el viaje a la costa cantábrica porque además de tomarse sus bañines terapéuticos y ponerlos de moda, disfrutaron de las bondades de las calles iluminadas mas allá de los faroles de aceite, o las peligrosas velas productoras de incendios. Aunque la electricidad que producen los rayos durante las tormentas ha ocasionado peligrosos siniestros, como el de Valdepielago hace veinte días. Fue el primer gran susto del verano como el que se ha producido en Canseco, cuyas columnas de humo se divisan claramente en el cielo mientras escribo estas palabras. A la vez recibo por WhatsApp noticias de una amiga que tiene un co - Historias de hombres que cambiaron por amor (del bueno)
No hablamos lo suficiente de los hombres que cambiaron por amor. Y no me refiero al amor romántico entendido como sacrificio o dependencia, sino al amor del bueno: el que nos invita a crecer, a revisar lo aprendido, a dejar atrás lo que hace daño. La historia patriarcal nos ha dejado demasiados relatos de hombres que dominan, conquistan o hieren. Pero también existen –y es hora de contarlos– hombres que se transformaron al descubrir que el amor no es poder, sino cuidado. Pienso en esos padres que aprendieron a cambiar pañales y a levantarse de madrugada, cuando en su generación nadie lo hacía. En hombres que dejaron de lado el mandato de la dureza para abrazar, llorar y hablar de lo que sienten. En compañeros que escucharon a las mujeres de su vida y entendieron que la igualdad no era amenaza, sino una forma de quererse mejor. En los pueblos, recuerdo historias de abuelos que, tras enviudar, aprendieron a cocinar, a coser, a cuidar nietos. Y que en ese aprendizaje tardío descubrieron una ternura que - Aprendices de Goebbels
El otro día me llamaba indignada una compañera porque un medio de comunicación había utilizado la palabra bulo en una información cuando el hecho al que se refería era un error en un comunicado de un organismo público que, a los pocos minutos, fue rectificado. Entiendo su indignación, pero no me sorprende en absoluto lo sucedido, porque hace ya mucho tiempo que nuestros políticos mataron la esencia y el significado de la palabra bulo y ahora no nos queda más remedio que aceptar las consecuencias. Con el único objetivo de no asumir responsabilidades y de aniquilar socialmente a periodistas y medios de comunicación empeñados en fiscalizar y controlar al poder, muchos de nuestros dirigentes públicos comenzaron a calificar como bulo toda aquella información que no les convenía y que dejaba al descubierto sus vergüenzas, si es que alguna vez las tuvieron. Esta práctica, que no empezó hace tanto, sigue más vigente que nunca, y la primera declaración de la mayoría de los personajes que luego acaban - La Roja
El fútbol siempre ha desatado en mí una especie de amor-odio, o quizás estos adjetivos sean acaso un tanto exagerados, dejémoslo en un 'fifty-fifty' entre manía y simpatía. No se me enfaden mis amigos futboleros, que son buenos y muchos, tranquilos Manuel y Yago, simplemente nunca he llegado a aceptar de buena gana que once hombres en calzones detrás de una pelota causen tal sensación como para paralizar el planeta. Primero les explico el por qué de la manía. Desde niños, el fútbol se queda la mejor parte. Sales al patio del colegio en el recreo y sus adeptos ocupan el 90 % del espacio, por lo que quienes no somos futboleros ya jugamos arrinconados, en los soportales, en una esquinita, hablando de nuestras cosas a gritos entre goles. Creces y cuando vas a una cafetería a tomar algo con una amiga o con tu pareja para disfrutar de una conversación interesante, hay fútbol. Traducido: si hay partido mejor no entres, todos están mirando sin pestañear la pantalla y gritan desaforados como si la vida le












27/10/2021 