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- Un sistema en tensión
España sufre una tensión permanente entre dos instituciones que nacen de la Constitución: el Estado de Derecho y la partitocracia. El Estado de Derecho consiste en que todos estamos bajo el imperio de la Ley, que emana de unas Cortes representativas y que aplican unos jueces independientes que adquieren su potestad por oposición; en otras palabras, en que la Justicia es igual para todos. La partitocracia, por el contrario, reúne todo el poder en las sedes de los partidos, en las que el líder de turno concentra o aspira a concentrar el poder ejecutivo, el poder legislativo, a través de los que ha colocado en su lista, y el judicial, por medio de la elección de los miembros de los órganos de gobierno de los jueces y de los que entran por el cuarto turno. También, por supuesto, el cuarto poder, que coloca bajo su bota por muy diversos mecanismos mercantiles. El Estado de Derecho se manifiesta cuando se juzga y condena a Urdangarín; y la partitocracia brilla cuando unos golpistas condenados tras un juicio - La gran inventada
El 21 de noviembre de 2024 el presidente Sánchez, al ser preguntado por las declaraciones de Víctor de Aldama dijo la famosa expresión: «Menuda inventada…». Casi dos años después tiene que ser odioso ese empeño de la hemeroteca en existir, porque lo que entonces parecían los delirios de un reo vengativo ha terminado para el señor Ábalos en una condena de 24 años por su implicación en el denominado «caso mascarillas» y muchos dicen que este caso es «el chocolate del loro», cuando se juzgue «hidrocarburos» va a destaparse la caja de Pandora. Periodistas, políticos y tertulianos opinan en los medios, para algunos es una condena ejemplar, a otros les resulta excesiva y llevan muy mal que Aldama no pise la cárcel por haber colaborado con la Justicia. De arrepentidos está el mundo lleno y ellos mismos aprobaron la ley que otorga beneficios a quienes aporten información, así se investigó la Gürtel en su momento y fue el actual Gobierno quien indultó a José Luis Peñas por ser delator. Luego - El dilema del prisionero
Jorge Arias está desolado, a bordo de un canguro, nombre con el que se conoce en el argot penitenciario a la furgoneta que realiza la conducción de presos de un centro a otro. Está siendo conducido al centro de Alcalá Meco. Nervioso, se va retorciendo las manos, sin poder dejar de pensar en los 20 años que le pueden caer por una estafa grupal que comenzó siendo un juego y se fue de las manos. En su cabeza resuena la fatídica conversación mantenida con su abogado justo antes de subir: «No te agobies, la fiscalía nos ha planteado una rebaja si colaboráis y confesáis el delito. ¡¡Solamente 5 años para Eduardo y para ti!!». Él le había respondido a su letrado: «No tienen nada, sólo pruebas por delitos menores de un año, ¡un engaño para que nos delatemos!, y lo sé: Edu no me va a traicionar…» El letrado insiste: «Te interesa confesar. Si él no confiesa y tú le destapas te ofrecen la libertad y toda la pena recaerá sobre él. Piensa en ti, Jorge». Él le escucha, pero en su mente solo re - Educar a niños y niñas para que no repitan nuestros errores
Cada generación sueña con dejar a la siguiente un mundo mejor. Pero a veces olvidamos que la mejor herencia no está en lo material, sino en las ideas, en los valores, en las formas de relacionarnos. Si queremos que nuestros hijos e hijas vivan en igualdad, tenemos que educarlos para no repetir los errores que nosotras y nosotros heredamos. Durante demasiado tiempo, las niñas aprendieron que debían ser complacientes, discretas, responsables antes de tiempo. Los niños, en cambio, crecieron con la exigencia de ser fuertes, valientes, poco emocionales. Dos jaulas distintas, pero jaulas al fin. Y todavía hoy esos mandatos siguen colándose en canciones, anuncios, videojuegos, comentarios de familia. Educar en igualdad significa romper esas cadenas desde lo cotidiano. Animar a las niñas a subirse a los árboles y a los niños a cuidar de sus muñecos. Decirles a ellas que no tienen que gustar a todo el mundo, y a ellos que no tienen que ser los más duros de la clase. Enseñarles que llorar no es debilidad y qu - Relatos para Josefina IV: 'Lo que no se enseña'
La nueva maestra llegó ese día a clase. Todos la esperábamos, aunque no nos la imaginábamos. No entró con cara nerviosa y asustada por nuestra mala fama de hacer la vida imposible a todo aquel que pasara por esa puerta. Entró con una gran sonrisa, con seguridad, y nos saludó alegremente posando su bolso en la silla. En el pueblo, la escuela no importaba demasiado; los padres de los niños se centraban más en enseñarles a trabajar rápido para ganar lo suficiente. Yo estaba, como siempre, en la última fila, dibujando en mi cuaderno para vencer al aburrimiento, cuando la puerta se abrió. - ¡Buenos días! -dijo- Me llamo Gabriela. Tras dejar el bolso, se acercó a mi mesa y miró mi cuaderno. - ¿Qué estás dibujando? -Nada. -A veces, "nada" es el principio de todo – me contestó, sonriendo levemente. Y, sin saber por qué, levanté la cabeza, dejando mi lápiz a un lado. Ella siguió la clase con un entusiasmo anormal y, aunque no atendí demasiado la lección, había algo en ella que me hacía mirar
04/01/2000 