Portada del periodico La Nueva Crónica:
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- «¡Camarero...!»
Suceden cosas curiosas en la calle López de Fenar. Empezando por su nombre, del que todavía no tengo claro si lleva zeta o no. Siguiendo por sus oriundos, que pasan el rato paseando, entrando y saliendo de casa, yendo y viniendo de trabajar. Hasta aquí, quizá, el adjetivo 'curioso' podría resultar una hipérbole. Pero la esencia habitual que habitualmente se encuentra en todas las calles, con sus gentes que pasean y salen y entran de casa yendo y viniendo de trabajar, es la que sostiene sus particularidades. Sin aquellos cimientos, sin la firmeza de ese tronco, no hay copa de árbol de la que pueda salir fruto alguno. En este caso son varios. El hecho, por ejemplo, de que en los ciento cincuenta metros de calle haya cinco bares. O lo que es lo mismo: uno por cada treinta metros, como en una muestra de en lo que, en líneas generales, consiste esta ciudad. En uno de ellos, La Herradura, la música se oye en los paisanos que cantan, casi siempre las mismas canciones, a altas horas de la noche. Allí, además, - El partido que estamos perdiendo
Llevo ya algún tiempo queriendo hablar sobre el hartazgo que me produce la cada vez más habitual relación existente entre la violencia y el deporte, especialmente el fútbol. Lo preocupante es que la tendencia es ascendente y las consecuencias de ello son nefastas, y aún lo serán más si quienes tienen que tomar las medidas oportunas no lo hacen y si, de manera individual, no ponemos de nuestra parte. Como amante del fútbol, me revuelve las entrañas ver cómo salvajes utilizan este deporte para canalizar la violencia que corre por sus venas. Pero, cuando me refiero a salvajes, no piensen que estoy pensando únicamente en los animales que arrasaron París durante la celebración de la Champions League, registrándose un muerto y varios centenares de detenidos. Esto, podríamos decir, es el mayor grado de barbarie utilizando como coartada un balón de fútbol, pero hay muchas más situaciones que demuestran que estamos en fuera de juego. ¿Cómo no vamos a levantar el banderín desde la banda de la cordura c - La complejidad de los tiempos actuales
Una no se da cuenta de ciertos cambios hasta que los vive. Y no se da cuenta de su mejora o del empeoramiento de los mismos, hasta que los vive los vive. Eso me pasó a mí el otro día con una caja de cartón. Utilizo las cajas que no necesito como mini-contenedores de papel en casa para, una vez llenas, llevarlas a reciclar. La susodicha en cuestión, era una cajita cuadrada, poco más grande que mis manos. Una mañana, cuando estuvo llena, la cogí para llevarla al contenedor camino al trabajo. El contenedor está roto, pero cumple a la perfección su cometido de almacenar cartón y papel hasta que llega el camión que lo vacía. Además es muy práctico: como no tiene tapa, lanzas lo que sea a su interior y continuas tu camino sin más. Al menos, así era, porque ahora hay uno nuevo y lo descubrí esa mañana. Cuando, con el tiempo calculado al milisegundo, llegué hasta mi contenedor favorito, descubrí que había sido sustituido por otro. No me sorprendió gran cosa, porque en toda la ciudad los están camb - Año Gaudí
El próximo miércoles 10 de junio se cumplirán 100 años del fallecimiento del arquitecto catalán Antoni Gaudí, uno de los grandes genios con los que cuenta nuestra Historia del Arte. Si bien la mayor parte de su legado se quedó en su amada tierra catalana, León tiene la fortuna de contar con dos edificios Gaudí que enriquecen nuestro patrimonio y son fuente de orgullo para nuestra provincia: el Palacio Episcopal de Astorga y la Casa Botines en León. Gaudí fue un niño enfermo, que creció convaleciente de sus dolencias reumáticas en la casa familiar de Mas de la Calderera ubicada en la localidad de Riudoms cercana a Reus. Allí, tumbado en una hamaca mientras sus primos, hermanos y amigos jugaban y corrían, el pequeño Antoni observaba la naturaleza, la contemplaba con mimo, sentía la Creación como la obra de arte suprema. Gaudí vivió entregado a dos pasiones: Dios y el arte, conviviendo ambas en perfecta simbiosis. No en vano se sentía el «arquitecto de Dios», una herramienta en sus manos para - ¿El lenguaje inclusivo sirve para algo o es postureo?
Pocas cosas despiertan tanto debate como el lenguaje inclusivo. Para algunas personas es una forma necesaria de visibilizar, para otras no pasa de ser un capricho moderno o una moda pasajera. La pregunta suele repetirse: ¿sirve realmente para algo, o es puro postureo? El lenguaje no es neutro: construye la manera en que vemos el mundo. Cuando decimos «los hombres» para referirnos a toda la humanidad, las mujeres desaparecen del discurso. Cuando en un aula un profesor pregunta «¿hay algún voluntario?», muchas niñas sienten que la llamada no va con ellas. No es casualidad: las palabras importan porque dibujan los límites de lo que pensamos posible. Usar lenguaje inclusivo no es inventar nada extraño, sino ajustar nuestras palabras a la realidad. Somos mujeres y hombres, niñas y niños, personas con identidades diversas que merecen estar nombradas. Y nombrar es reconocer. ¿Que a veces se hace pesado escuchar desdoblamientos interminables? Sí. ¿Que hay propuestas que suenan artificiales? También. El le
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