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- El embudo prevacacional
Llegó el tan ansiado verano (¿usted cree, señor guardia?) y la mayoría de la gente quiere disfrutar de eso que los nuevos tiempos han dado en llamar 'desconexión'. O lo que es lo mismo: gozar de unas felices y prósperas vacaciones (al estilo navideño), que cada cual se monta como puede y su bolsillo le permite. Que suele ser la madre del cordero. Ahora bien –y esto es algo irrefutable–, con eso de los créditos personales, al consumo o como quiera que se llamen en la actualidad, las penas son menos, aunque la deuda se arrastre durante todo un año. Es la respuesta de esta sociedad atribulada y hostigada que soporta carros y carretas mes tras mes. La política y sus consecuencias económicas marcan la pauta del españolito de a pie, a quien guarde Dios (versión libre del poemario 'Campos de Castilla', de Antonio Machado). De manera que en este mundo traidor, donde «nada es verdad ni mentira» (dixit Ramón de Campoamor), también hay quienes no descansan por intereses innobles. O, si cabe, algo más i - La Iglesia de Santiago de Villafranca del Bierzo
Corría el siglo IX, cuando los peregrinos caminaban, arrastrándose por el Camino de Santiago y con ellos cientos de monjes que hacían penitencia en busca de la Salvación Eterna, algo que movía voluntades a la vez que incredulidad de aquellos que no sentían dentro de sí la fe que los monjes y peregrinos derrochaban, no pensando en sí, sino en trasladar a generaciones venideras, para que, como sucedió siempre a través de los tiempos, en todas las épocas y religiones, la iglesia de Santiago de Villafranca fuera un eslabón más en el Camino de la Fe. Esto nos da una muestra más de que en El Bierzo se llegaron a construir bastantes iglesias de estilo románico y prerrománico, algo que fácilmente podemos advertir con una pequeña vista a esta comarca privilegiada. Mucho antes, los celtas ocupaban distintos baluartes en los abundantes castros que están documentados. Tales son los que rodean Villafranca, lo que sin duda da mucha verosimilitud al hecho de que siglos después se hubieran edificado iglesias - Mundo líquido (1)
Vivimos en un mundo líquido (Bauman) o quizá ya gaseoso. No seré yo quien enmiende la plana a Eco, pero acaso la dicotomía ya no sea apocalípticos e integrados, sino atentos o dispersos, informados o engañados y en último caso, listos o tontos. Hoy vas a un pueblo perdido 'en ca´Dios' a desconectar y nada más llegar despotricas porque no hay wifi libre. En ese nivel de absurdo nos movemos. Hace años ya nos advertía Nicholas Carr, en su libro 'Superficiales', de los peligros de las nuevas tecnologías. Se preguntaba si Google nos vuelve estúpidos; o si internet estaba alterando los hábitos mentales, dispersando y troceando nuestra mente por tanto picotear aquí y allá o con miles de alertas que nos asaltan cada minuto. No sólo en la forma de pensar, incluso en la estructura, en el cableado, en los circuitos mentales. Muestra: leemos por arriba, a vuela pluma y en muchos sitios a la vez (en contra de saludables hábitos de toda la vida, empiezo tantos libros que no tengo suficientes marcapáginas). A - Insulto, luego existo
No digo nada nuevo ni infrecuente si la idea de insultar es fundamentalmente un acto de comunicación agresivo cuyo propósito esencial suele ser intimidar. Engarzando con la célebre locución de René Descartes «pienso, luego existo» (cogito, ergo sum), vivimos hoy una frecuente actitud desbocada, tanto de la derecha del PP como de la ultraderecha de Vox, que podríamos titular, por comparación con el dicho cartesiano, «insulto, luego existo», improperio dirigido contra el PSOE y, en particular, contra el presidente del Gobierno Pedro Sánchez. El insulto en el ámbito de la derecha española es tal, que lleva a pensar en la «insultocracia», un poder del insulto tanto como ofensa, como también supuesto fértil argumento ideológico de captación de votos. Otra finalidad no se me ocurre. Ya en 2018, por poner un ejemplo primerizo, cuando se interrogaba a Francisco Álvarez-Cascos por la financiación del PP, Gabriel Rufián llamó «palmera» a la diputada Beatriz Escudero, quien le replicó llamándole - 'Maricones no, gracias'
Recuerdo la primera vez que vi a Superputa en concierto. Fue en no sé qué sarao de homenaje a no sé quién y se marcaron una versión de 'Como una ola', de Rocío Jurado, que dejó a todo el mundo con el culo torcido. Luego llegarían otras delicias, como su reinterpretación del 'conxuro' de la queimada y su mayor 'éxito' –muy oportunas las comillas–, 'Nintendo', con aquel inolvidable estribillo en la voz de Popita, cantante y 'frontwoman': «No seas tacaño e invítame a una copa./ Si lo haces, nene, yo me quitaré toda la ropa». Eran años locos, anteriores a las redes sociales, cuando el llamado 'tontipop' celebraba la irreverencia y la iconoclasia. Por eso a nadie le escandalizaba una canción titulada 'Maricones no, gracias', que arrancaba así: «Vosotros, invertidos, ¿qué os creéis? ¿Que sois personas? ¿Que tenéis derechos? Si Franco levantara la cabeza se daría con la tapa en las narices». Más adelante, entre otras lisuras hoy casi irreproducibles, sonaban versos como éstos: «Y sin pa
26/11/1991 