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- "Os haremos un río"
Si apuntas en tu memoria todas las ofertas, promesas y prebendas que estás recibiendo estos días verás que debe ser verdad la vieja anécdota del que preguntó qué faltaba en aquel pueblo que visitaba —«un puente», le dijeron— y prometió con gran solemnidad: «Os haremos un puente». - Es que no tenemos río; dijo alguien desde una esquina. - Os haremos un río. Y se fue tan pancho. A prometer nuevos puentes. Y ríos. La competición de promesas está abierta. Uno no sabe en qué cartilla meter tanto ahorro, con qué empresa hacer tanta obra, en qué nueva iniciativa colocar a sus hijos, en qué gastar tanta ayuda, por tanto motivo... Y después irán pasando los días, los años, las legislaturas, los repartos (presuntos, la palabra de guardia para todo) y un día alguien se coloca a las puertas de aquellos que les prometieron el puente y el río y se hace la pregunta: «¿Y la obra, pa cuándo?». - Torrente, presidente
Si Torrente fuera leonés desayunaría orujo en la churrería de Santa Ana, comería a diario de tapas por los bares de El Ejido y se sentaría los domingos de fútbol en el fondo norte del Reino de León. Desde allí, dando codazos al tipo de su izquierda, al que ocuparía medio asiento con una de sus nalgas, habría criticado esta temporada a Llona, Ziganda y De la Barrera, sentando cátedra a base de «ese brasileño está gordo», «el 14 no es mediocentro para Segunda» o «¿qué coño hace arbitrando una tía?». Si Torrente fuera leonés tendría en su camisa un lamparón de morcilla, de la que le serviría su amigo el de 'La Bicha', y no se quitaría el palillo de la boca, esto es literal, ni para la foto del DNI. Arreglaría la provincia con una mano dando golpes a la barra y con la otra sujetando el vino al que le habría invitado un acompañante que no haría más que asentir con la cabeza. «Con dos días que nos dejaran…». Ambos procederían de un pueblo cercano a La Bañeza al que irían de cien - ¡Ale, a votar!
En la Edad Media, los juglares cantaban gestas y hazañas en las plazas de pueblos y ciudades; y, en estos días, son los partidos políticos los que nos cuentan sus virtudes –todo son virtudes, por supuesto–… y, de paso, las carencias –todo son carencias, claro– de los rivales. Nos envían sus cartas, como si fuéramos los Reyes Magos, en las que todos nos piden –por cierto– el mismo 'regalo': el voto. Y tratan de llegar a nosotros de todas las maneras posibles, desde carteles o anuncios en medios de comunicación –no te digo ya en redes sociales, que echan humo…–, hasta salir a nuestro encuentro, en la calle, con una gran sonrisa… Intentan convencernos de que su opción es la mejor –y con mucho, ni que decir tiene–, con eslóganes llamativos y mensajes precisos; entrando en olor de multitudes –aunque esas multitudes, siempre a favor de obra, no sean especialmente numerosas…– en mítines y actos públicos, o en debates –a los partidos a los que les dejan, claro–, en donde es f - A contracorriente voy
Comprenderá, lector, que siendo este aprendiz de escribidor del plan antiguo, si no ya del arcaico, todavía conserve, en su mente y corazón, vivos ecos de una utopía y memoria de conquistas (democráticas). De manera tal que aun alejado del fragor de la batalla electoral -antes solo eran campales y encima las perdía, perdíamos a palo y tentetieso- y harto desencantado de muchas cosas, de unas por no llegar, de otras por haberse pasado, no vea partido o candidatura alguna que represente totalmente lo que política y socialmente deseo o utópicamente sueño, mas, sin embargo, sí sienta y sepa cuales son los que representan al cien por cien lo que, repito, política y socialmente detesto. La soledad política acaso la deba a mi espíritu crítico y al vital conocimiento de lo «humano, demasiado humano»; lo reprobado, amén de por iguales razones, por memorias y experiencias o «a otro burro con esa albarda» o cuento. Sí, solo sigo las referencias de la campaña electoral en muy tempranas noticias radiofó - Nueva dimensión
La tarde era pesada y teñida por la cortina de lluvia primaveral. Más que por cualquier otra cosa, como respirar el aire limpio, Laura y Pablo prepararon al niño y decidieron dar un paseo para ver escaparates, negocios desaparecidos, pisos inalcanzables y luego, entrar a una cafetería. Pero Pablito estaba rabiado. Empezó con un bostezo, blabuceos y finalmente un llanto que fue «in crescendo» hasta convertirse en un gañido insoportable, justo en el momento en que estaban dispuestos a entrar en el bar. «Anda Pablo, dale el chupete al niño, a ver si calla» -dijo la mamá-. Pero el nene, apenas mordida la silicona, la escupió con tal fuerza que fue a parar al centro de la calle. «Con qué ímpetus viene esta juventud»-dijo el padre, con orgullo-. Los inexpertos papás hicieron cábalas. «Tendrá hambre», pero rechazó el biberón. «Tendrá gases», y le de dieron unas palmaditas en la barriguita pero no eructó. Finalmente el pestilente aroma que despedía les dió la respuesta: «Osti, se ha cagao»
12/01/1945 