Portada del periodico La Nueva Crónica:
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- Heridas que no cicatrizan
Escribir una novela de trama policiaca tiene, seguro, una buena parte de investigación, de conocer el cómo y el cuándo, de no dejarse llevar por la fantasía y sí de hacerla crecer con la semilla de la realidad. Y de eso sabe mucho Ana María Campelo. Heridas que no cicatrizan, el libro del que os voy a hablar hoy, no es su primera incursión en este género literario, un espacio que ya comienza a dominar con magia, como se hacen las novelas bellas y bien trabajadas. Recuerdo haber leído, con esta, tres de sus novelas. Si hago memoria, la primera la leí en mi casa, la segunda en Portugal y a esta me acerqué tras ver su presentación en la Feria del Libro de Ponferrada (feria a la que os recomiendo acercaros siempre, para conocer tanto a autoras y autores ya consagrados como a otros más desconocidos). Sé de buena tinta (nunca mejor dicho) que Ana María Campelo se toma muy en serio sus obras. Bien, esto debería ser lo normal, pero no siempre es así, creedme. Y más, como es en su caso, plantarle cara a - Y tú más
Dentro de cinco meses llegaremos a los noventa julios del comienzo de la llamada Guerra Civil, un drama fratricida que comenzó en 1936, cuyas huellas están aún vigentes. Lo de «civil» resulta un tanto contradictorio si lo unimos a «guerra», pues hablar de «guerra» es, más bien, hablar de algo «incívico». Como ha escrito recientemente Fernando Calvo G. Regueral («Contar, nombrar, recordar», La Aventura de la Historia, nº 328) «Las huellas del conflicto están en nuestras calles y en nuestro paisaje rural; están en fosas, cunetas y cementerios; están en los monumentos que vemos y en los que ya no vemos (…) Las huellas (físicas, intangibles, librescas, verbales o de cualquier otro tipo) nos apelan». En su artículo alude el mencionado autor a las palabras sobre la Guerra Civil que nos legó en su testamento literario Claudio Sánchez Albornoz y que suscribo: «La guerra civil ha destrozado mi vida: los rojos me mataron a familiares más íntimos y los blancos a muy queridos amigos. Muchas gent - Horario sangrón
Hemos estado liados toda la semana escuchando reacciones a la última subida del SMI que el primo Perogrullo ya había anticipado, como que siempre es bienvenida por quienes la experimentan y nunca por quienes la soportan. A mí, que no cobro el SMI, todo me parece poco en materia salarial, pero si algo me atornilla de modo sangrón es lo largo de la jornada. Da igual que te guste mucho lo que haces, esa distribución de horas consistente en dedicar un tercio al descanso, un tercio al trabajo y un tercio para todo lo demás es aberrante. Porque «lo demás» es, sin orden de importancia, transporte, abastecimiento, limpieza, alimentación, familia, amigos, aficiones, estudio. Y dividiendo en partes iguales ese tercio de la jornada sale que dedicamos a la familia una hora diaria mientras ocho se las lleva el tajo, arriba o abajo. Sin un ápice de vacilada: una jornada superior a seis horas es animalesca, una de cuatro sería óptima. Pero como mis deseos distan de ser considerados razonables por los empleadores de - Un país aturdido
España va camino de convertirse en un rompecabezas. Porque apuntar que se ha transmutado en un circo podría herir la sensibilidad de quienes se dedican a ese variopinto mundo, tan admirado y aplaudido décadas atrás. Y aquí, hoy y ahora, ya no caben medias tintas. Ya no sirven los paños calientes y mucho menos las complacencias cretinas. Unos dicen –y hasta pretenden explicarlo- que la economía va como un cohete. Otros afirman que como un tiro. Y los más, que son quienes padecen las penurias de no llegar a fin de mes –expresión monótona, aunque realista-, se sientan en la taza del retrete (palabra incontestable y castiza, que se pretende orillar), para ciscarse (en lenguaje coloquial, cagarse) en todos ellos. Que se suba el salario mínimo interprofesional es una buena noticia para una inmensa mayoría. Tampoco es que sea la panacea, pero ayuda a comprar el pan y la leche. Ahora bien, que la ministra del ramo, en este caso la rubísima (¿con doble sentido?) y comunista Yolanda Díaz lo politice, es - Nihilismo
El colofón a cuanto sucede en el mundo que nos envuelve lo describió a la perfección la historiadora y psicoanalista francesa Elisabeth Roudinesco. Ella acuñó el término «Yo soberano», que va, a nuestro entender, mucho más allá del egoísmo o del individualismo fáciles de observar en quienes nos rodean, incluso en nosotros mismos. No, describe algo aún más grave: el nihilismo. La pérdida de todo valor, idea sólida u horizonte diáfano es lo que nos ha llevado a la nada, a la negación y a la sinrazón. Es en ese caldo donde se cuecen las ideologías reaccionarias, las políticas necias y los usos retrógrados. Sólo se salva el Yo. Ahora bien, hay un yo nihilista y hay un yo totalitario, es decir, su opuesto. Hay un yo que niega y hay un yo enfrente que aspira a la totalidad. En los terrenos de la desigualdad que tanto hemos denunciado aquí, posiblemente ésta sea la mayor de todas y sobre la que se apoyan las demás. Porque es más que desigualdad, es apropiación, es poder y es control. Para uno
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